jueves, 14 de febrero de 2013

Clear eyes — Capítulo 1.


Como todos los días de los últimos tres años, me desperté muy temprano. ¿Cuestión? Trabajo. Viré a ver el reloj de la mesita de noche y de hora estaba bien; aún tenía tiempo.

—Cinco y media de la mañana. Menuda hora para levantarse—Murmuré poniéndome de pie y de paso, calzándome las pantuflas de conejitos que no-recuerdo-quién, me había obsequiado por mi cumpleaños número diecinueve. Han pasado dos años y todavía están intactas, suerte que no me ha crecido el pie. Dudo que a esta altura lo haga.

Con demasiada parsimonia para tratarse de mí —que me conocen prácticamente por ser demasiado hiperactiva e inquieta—, caminé hacia la cocina y Almendra me saludó con un agudo ladrido. Sonreí y me acuclillé para acariciarle su pequeña cabecita peluda. Me puse de pie de nuevo y cuando lo hice las rodillas me sonaron horriblemente—Auch, eso dolió—, me estiré de brazos, bostezando de paso y arrastrando las pantuflas contra el suelo, me preparé un café negro bien cargado—. Para que el sueño desaparezca—. Pensé y me lo bebí despacio, sin quemarme mientras observaba las noticias por el Tv.

Se ha encontrado una nueva víctima en el viejo almacén abandonado, situado afuera de la ciudad. 
Esta vez se trataría de Carolina Josue, una joven de veintidós años, que llevaba desaparecida desde hace más de dos meses. 
La Policía de Los Ángeles está involucrada en este caso, en el cual también hay seis desaparecidas más. 
Ampliaremos.

Apagué el televisor y prácticamente corrí hacia el baño luego de dejar la taza encima de la mesada. Me quité el camisón de encima y me metí en la ducha. Salí, me sequé bien el cabello y el cuerpo y caminé nuevamente hacia mi cuarto. Entre la ropa del trabajo —que no había un uniforme fijo, pero más o menos sabía lo que debía llevar—me coloqué un pantalón negro de vestir, una camisa blanca, y un saco negro corto hasta la cintura. Era temprano aún por la mañana, así que me coloqué en el cuello un pañuelo blanco, con un moño hacia un lado, y escondí las puntas en el saco. Me coloqué dos horquillas para que el flequillo no se me cayera continuamente encima de la cara, y finalmente me coloqué los tacones negros que estaba más que acostumbrada a usar.

Tomé el bolso negro, con todas mis pertenencias y luego de tomar las llaves, el móvil, y dejar a Almendra con la vecina —que era la encargada de cuidarlo casi todas las tardes, sólo por voluntad, y quién me la había obsequiado—subí a mi coche, y conduje hasta la comisaría, donde pasaba la mayor parte del día, si no estaba en la sala, donde se hacían las autopsias.

Llegué y lo primero que vi fue la cara de preocupación de John, mi jefe.

— ¿Ha sucedido algo malo?—Pregunté debido a su cara. Negó, pero al segundo se arrepintió y asintió—. Dime—ordené.

—Nueva víctima—Torcí la boca, no era nada nuevo hasta ahora—. Ojos claros, María. Cada vez es más preocupante para todas las personas con esos rasgos. El secuestrador parece ser un obsesionado con ese detalle de color. Ya no sabemos dónde buscar—suspiró agotado. Él estaba muy metido a fondo en este caso, y le preocupaba por sobre todo.

—Nada malo me sucederá, John. A Dominique tampoco, ya lo verás—Le recordé, ya que su preocupación era ese. Tanto mi compañera Dominique, cómo yo, teníamos ojos claros, y John temía que alguna de nosotras dos fuéramos las próximas posibles víctimas.

—María, tú no sabes. Las otras diez chicas creían lo mismo que tú; una de ellas era jefa de policía, y mira a donde está ahora ¡En la morgue!—Gritó irritado. Ese detalle no lo sabía.

Iba a acotar algo, pero opté por quedarme en silencio. Sabía que cuando John se ponía así, era mejor dejar que la situación se enfriase un poco. Además, él tenía ya casi sus cincuenta años, y aunque aún no se lo consideraba “viejo”, podría tener un infarto o algo de eso si se lo contradecía demasiado.

Caminé en silencio hacia su oficina, tenía su permiso para ir allí cada vez que quisiera o pudiese. En este caso, algo me llamó a ir allí.

Entré, me senté en la silla de su escritorio, y abrí una carpeta al azar de una de las víctimas. Dio la casualidad que esa víctima era Carolina Josue, la joven que encontraron hoy en la mañana. Abrí el archivo, y leí en voz baja los expedientes y detalles.

— ¿Por qué no me sorprende ya?—Pregunté susurrando, mientras cerraba la carpeta nuevamente, y la guardaba donde las otras. No sé si fue un milagro, coincidencia o algo, pero el teléfono sonó.

No iba a esperar que la encargada de eso lo hiciera. La curiosidad me mató, y finalmente me levanté de mi lugar al mismo tiempo que John entraba en la oficina. Le gané de mano y cogí el tubo, llevándomelo directamente hacia mi oreja.

—Policía de Los Ángeles, María Coldman al teléfono—hablé rápidamente, y del otro lado se escuchó un suspiro de alivio. O al menos, eso fue lo que yo interpreté.

—Hm…—parecía dudar de hablar—. Mi nombre es Thomas Kaulitz Trümper, y tengo información que quizás le pueda ayudar—dijo, y parecía nervioso según su tono de voz.

—Dígame su dirección, y en quince minutos estaré en su domicilio—tomé una hoja de papel y un bolígrafo.

—Mitre al 5253—Escribí rápidamente, y guardé el papel en el bolsillo de mi saco.

—Voy en camino—Avisé, y colgué.

— ¿Quién era?—Preguntó John, desde el marco de la puerta, mirando con curiosidad.

—Tienen información sobre el caso. Quizás pueda servirnos, iré a investigar—Iba a salir por la
puerta, pero John me detuvo colocando su mano en mi hombro.

—Cuídate, María—Asentí, y salí rápidamente de la comisaría, subiéndome a mi coche de un salto, o algo así.

Busqué el domicilio entre el barrio privado hacia donde me había llevado la calle, y finalmente entre todas esas casas exactamente iguales —de no ser por el color diferente de algunas—lo encontré.

Estacioné el coche y me bajé con mi bolso en la mano y unas cuantas carpetas de las víctimas en la otra. Quizás conocía a algunas chicas, así pudiera aportar más información para la investigación. Me daba la sensación de que este chico, Thomas, nos serviría de mucho.

Quizás sea cierto…

…o quizás sea mi imaginación.

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