lunes, 18 de febrero de 2013

Clear eyes — Capítulo 3.


— ¿Te importaría llevarme a su casa? Quizás haya pruebas—Se encogió de hombros. Se puso de pie, tomó unas llaves del llavero, y me las tiró. Las agarré justo a tiempo, sino, caían directamente en mi frente.

—Vamos—dijo seco y serio, asentí y salí de su casa detrás de él, cerrando la puerta de paso. Subí en mi coche, y lo invité a él a subirse al asiento del copiloto. Sin dudarlo ni un minuto, aceptó con una sonrisa —que más bien, me pareció bastante falsa—y arranqué el coche, no sin antes preguntar la dichosa dirección de su casa. La casa de William, mejor dicho.

—Es aquí. La casa blanca—dijo señalando hacia afuera, estacioné el coche y él fue el primero en bajarse. Tomé mi libreta, el bolígrafo, y escondí el bolso detrás del asiento. Cualquiera podía pasar, romper un vidrio de mi precioso coche que tanto me costó conseguir y llevárselo. Me robaban el bolso, me robaban la vida.

O casi.

Bajé y cerré las puertas con seguro. Caminé hacia la entrada de la gran casa blanca, que lucía bastante mal por fuera. No quiero imaginar cómo estaría por dentro.

Las persianas rotas, las paredes despintadas, el césped tenía como mínimo unos diez centímetros de alto, sin contar la cantidad de basura que había allí. Al parecer, su jardín lo habían usado como basurero del barrio.
Thomas abrió la puerta, la cual emitió un chirrido horripilante, parecido al de las películas de terror. Tanteó con su mano la pared, hasta que encontró el interruptor y las luces se encendieron, alumbrando un verdadero espectáculo allí.

—Esto no me lo esperaba—Murmuré mirando casi con pánico la escena que presenciaban mis ojos. Los pisos de madera estaban manchados con sangre, que a decir verdad parecía que hubieran asesinado allí a muchas personas. Tanta sangre no podía provenir de una sola persona. No, era imposible.

Miré a mi compañero, parecía no asombrarse de nada y eso me dio algo de nervios. Caminó, tratando de evitar las manchas en el suelo y salió al jardín. Miré a mí alrededor, las paredes estaban exactamente iguales que los  pisos. Sangre y sangre por todos lados y un olor ha muerto impresionante.

Seguí a Thomas por el mismo recorrido que él mismo había hecho y salí al jardín. El césped me llegaba un poco menos, por debajo de las rodillas. Pegando pequeños saltos, rogando porque allí no hubiera ningún pozo o algo de eso, me dirigí hacia el jardín trasero. Vi a Tom mirando atentamente algo que parecían…

—Joder ¿qué es eso?—Se sorprendió de mi presencia, quizás no me había escuchado seguirlo. Me hizo una seña a que me situara a su lado y así lo hice. Señaló un montón de tierra, y luego me miró con miedo— ¿Sucede algo?—No me respondió, más sólo se quedó mirando los tres o cuatro tumultos de tierra que adornaban el jardín de su hermano.

—Parecen tumbas—Murmuró para él mismo, pero alcancé a escuchar perfectamente, dado que en el lugar donde nos encontrábamos había mucho silencio. Sólo se escuchaba el viento soplar, y algún que otro canto de pájaro. Nada más.

— ¿Tú crees? ¿Porqué habría tumbas aquí?—Pregunté confusa, acercándome a una de ellas—. Hay que llamar a los investigadores. Ellos tienen que averiguar esto. Es su trabajo—Me miró, y negó rápidamente—. ¿Por qué?—Pregunté confundida.

—Simplemente no se puede—Acotó, y regresó al interior de la casa en silencio. Suspiré y me acerqué a una de ellas. Si eran tumbas, ¿habría cuerpos allí? Quizás William había enterrado a alguna de sus difuntas mascotas o algún recuerdo importante para él. No lo sé, pero no creo que allí precisamente se encuentren cuerpos. Hm, no lo creo. Eran tumultos pequeños de tierra, ahí no cabría un cadáver de persona, a menos que ésta fuera un gnomo.

Entré a la casa, y no vi a Thomas en ningún lado, así que me dediqué a investigar el lugar. Divisé la escalera y decidida subí el primer escalón.

—Nada malo sucederá—Susurré, y emití un largo suspiro, para comenzar a subir las escaleras de a poco. Hacían un ruido impresionante y temía por que en algún momento se derrumbaran. Parecían bastante antiguas y dado que no han tenido mantenimiento en algo de cinco años, es imposible que no hagan ruido o que se caigan. Espero que nada de eso pase.

Puse el primer pie en el segundo piso, y un escalofrío me recorrió la espalda de arriba hacia abajo. Las paredes y pisos no lucen nada diferentes a las de abajo. Al contrario, creo que estaban igual…o peor.
El segundo piso era más bien un pasillo, en el cuál había dos habitaciones de cada lado, y una al final de éste mismo. Miré hacia mi derecha, los dos primeros cuartos.

—A investigar se ha dicho—Susurré, y puse la mano en el picaporte, para luego hacer una pequeña fuerza, y permitir que se habrá con tan sólo el contacto. Hace un sonido parecido al de la puerta principal y con mi pie la empujo hasta que da con fuerza en la pared, abriéndose de par en par.

—Joder—Murmuré. De repente sentí que si no salía de ahí lo más rápido posible, vomitaría mi desayuno de la mañana.  Según mis ojos, era una habitación de niña. Las paredes rosa pastel gastadas por el tiempo y despintadas por la misma causa. Ositos de felpa desparramados por todos lados, la mayoría le falta un brazo, una pata, o incluso la cabeza. Una cama individual, las cobijas desparramadas en el suelo, y en ellas hay unas cuantas manchas de sangre. Marcas de manos con sangre, en las paredes, en el suelo, y en los muebles. Me acerqué al buró que había al lado de la ventana, y miré una foto. Una niña pequeña, de no más de seis o siete años, sonriendo mientras abrazaba un osito de felpa…el mismo al cual le falta un brazo, y la cabeza. La niña tenía los ojos celestes, casi blancos, parecidos a los ojos de los perros siberianos. Preciosos en verdad, con un brillo y inocencia que pocas veces vi. Tenía el cabello rubio, sujetado en dos trenzas que caían por encima de sus hombros. Un vestido por arriba de las rodillas, en colores blanco y rojo, con círculos de esos mismos colores, y un moño en la cabeza color rojo, haciendo juego con el vestido.
Inspecciono la habitación por última vez, y una lágrima se desprende de mi ojo. La habitación correspondía a la niña, y según mis hipótesis, ella estaba…muerta.

domingo, 17 de febrero de 2013

Blanca Navidad — one-shot.


‹‹Es la hora›› es todo lo que me dice y comienza a avanzar con sus pies enterrados bajo la nieve. Hace frío, todo el pueblo está cubierto de blanca nieve, la Navidad esta próxima. Hoy es veinticuatro, Noche Buena, la pasaremos con la familia en la casa de la tía Dorothy, la hermana de nuestro padrastro. Hace mucho que no lo vemos, desde los dieciséis años para ser exactos. Hoy en día nosotros tenemos veintitrés, el tiempo pasa volando.

‹‹No hay prisa›› le respondo siguiendo sus pasos. Aún es temprano, hoy no teníamos la obligación de regresar a casa, mañana sí, hoy todos tenemos una excepción. Es Noche Buena, Él decía que hoy y sólo por hoy podíamos pasarlo en familia.

‹‹Pero quiero pasar más tiempo junto a la chimenea›› insiste mi hermano y voltea, esperándome hasta que yo lo alcanzo. Ahí ambos reanudamos el paso con lentitud, hace frío pero era soportable para nosotros.

‹‹Me pregunto cómo estará mamá después de todo›› me encojo de hombros, yo también me preguntaba lo mismo. Sólo deseaba que ella no estuviera triste. Las noches buenas pasadas había estado triste durante toda la cena, a mi hermano y a mí no nos gustaba verla de esa forma.

‹‹Yo también››

Llegamos a casa y la puerta está entreabierta, de seguro alguien acababa de salir a hacer una compra de último momento. Tom deja el pequeño regalo que decidimos hacerle debajo del árbol de Navidad y juntos vamos hacia la cocina. Mamá termina de hacer la comida, su cabeza está a gachas. De seguro está cansada, en las fiestas siempre se queda todo el día en casa para hacer todo tipo de comidas. Es su especialidad.

No dice nada cuando Tom y yo le besamos la mejilla, sólo sonríe levemente. Camino al comedor y me siento en el mismo lugar de siempre, frente al plato vacío y los cubiertos a un lado. Tom se sienta a mi derecha y me mira con una sonrisa. La tía Dorothy pasa por al lado nuestro con prisa, siempre andaba apresurada hacia todos lados, entra como rayo en la cocina, seguro la ayudaría a mamá a traer la comida a la mesa. Gordon baja las escaleras y se sienta en la esquina de la mesa, a mi izquierda. Mamá se sienta del otro lado de Gordon y, a su lado, tía Dorothy. Su marido, John, ocupa la otra esquina. Los seis lugares ya están ocupados. Ellos no sonríen, están muy serios, quizá habían peleado de nuevo.

Mamá sirve la comida, cuando ella toma nuestros platos para ponerle el alimento, Gordon la mira de una manera extraña, mas mamá no dice nada y los coloca frente a nosotros. Yo como poco, no tengo hambre, mamá sigue triste y eso me quita el apetito.

‹‹Todo está como siempre. ¿Viste, Bill?›› pregunta mi hermano en un murmuro para que no se oiga. Yo asiento y me hundo en la silla, mirando a todos comer. Mamá luce seria y con esa mirada de tristeza que siempre lleva cada vez que venimos a visitarla. De seguro nos extraña, creo que habernos mudado tan lejos no le hacía bien. Ya se acostumbraría.

Cuando todos terminan de comer, es tía Dorothy quien junta la mesa y lleva la vajilla al lavabo. Regresa y se coloca su saco de piel y su bufanda. Tom y yo nos ponemos de pie, es la hora de salir a caminar por las calles a recordar viejos momentos. Todos se abrigan y nosotros dos somos los primeros en salir.

‹‹Todo está bien›› le recuerdo a mamá y la veo sonreír de nuevo. Guarda algo en su cartera, no alcanzo a ver qué es. Se la cuelga en el hombro y toma un pequeño ramo de rosas blancas y otro de rosas rojas. Las lleva en la mano todo el camino.

Todos van en silencio, Tom de vez en cuando le dice algo a mamá, es con la única que habla al igual que yo. Los dos creemos que no debemos molestar a la gente cuando está enojada o demasiado silenciosa. Y eso es lo que hacemos, dejarlos tranquilos. Solos se les iba a pasar cualquier enfado que tuvieran.

—Yo me quedo aquí, Simone –le dice Gordon a mamá y la tía Dorothy con su marido acuerdan en quedarse con nuestro padrastro también. Sólo entra mamá, camina por entre los yuyitos que sobresalen de la nieve y se detiene al ver las placas.

—Los extraño tanto –coloca las flores rojas sobre la primera placa y las blancas sobre la segunda. Limpia la nieve que ambas tenían y de su bolso saca dos cuadritos pequeños. Los deja en cada una y se pone de pie. —. Nos veremos pronto. Feliz Navidad –dice y camina de regreso. Miramos hacia arriba, aún podemos quedarnos un poco más, todavía no amenaza con llover.

Cuando regresamos a casa Tom se sienta frente a la chimenea y se queda ahí, viendo las llamas pequeñas hacerse más grandes y encogerse otra vez. Parece entretenido con eso y yo simplemente lo dejo. Mamá sube las escaleras y decido seguirla, quiero que esa cara triste se vaya.

Cierra la puerta del baño y apoya su espalda sobre la puerta, tallándose los ojos. Tomo un labial rojo que hay sobre el borde de la tina y escribo el espejo.

‹‹Estamos aquí, mamá›› veo como su sonrisa reaparece, ésta vez más grande y sincera. ‹‹Estoy contigo›› escribo más abajo y de sus ojos unas pequeñas lágrimas comienzan a descender. ‹‹No llores›› pongo en el azulejo al ver que el espejo se queda sin lugar para seguir rayando.

—Quiero verte, Bill –pide en un susurro. No quiere que nadie la oiga, Gordon aún tiene la idea de que ella está loca porque es la única que puede vernos a mi hermano y a mí.

‹‹No puedes. No puedo hacer nada para que puedas›› escribo con tristeza. Son sus ojos vivos los que no pueden hacer nada para vernos. No hay solución, sólo esperar que llegara su turno.

—Nos veremos pronto, hijo.

‹‹Te esperaré››

—Los amo –y sale del baño con una sonrisa de felicidad en el rostro. Bajo detrás de ella y me siento junto a Tom.

‹‹Ya sonríe›› le informo y él asiente.

‹‹La he visto››

‹‹Debemos volver›› asiente y ambos nos levantamos. De la mesita de café tomo un papel y un bolígrafo y lo apoyo en el suelo, escribiendo unas pocas palabras. Lo doblo y lo guardo en el bolsillo del vestido de mamá.

—Te visitaremos la próxima Navidad –lee en voz baja. Cuando me aseguro de que vuelve a sonreír, llamo a Tom y ambos salimos por la puerta, directo al bosque. Era el camino más corto hacia el cementerio.

‹‹Feliz Navidad, hermano›› me dice antes de desaparecer entre la nieve. Sonrío.

‹‹Feliz Navidad, Tom›› y hago lo mismo que él.

Era el precio que debíamos pagar por querer hacer un tour tan jóvenes con un bus que no tenía frenos.



sábado, 16 de febrero de 2013

She wolf — Parte I.

Ella corre entre las montañas. Pisa charcos pequeños de agua formados por las recientes y fuertes lluvias. Se moja, está herida en su lomo, pero no quiere detenerse. La siguen, parar sería atentar contra su propia vida. 
Se esconde en una cueva no muy grande, quizá ella solo puede entrar. Y lo comprueba haciéndolo, los cazadores siguen de largo y no la ven, la pierden de vida. Por si acaso se queda unos cuantos minutos ahí, descansando, esperando que nadie más se atreviera a querer asesinarla por su pelaje. Pasan cinco minutos, nada. 

Se asoma levemente y mira hacia ambos lados, no ve a nadie. Decide volver a su aldea, su padre debe estar bastante preocupado, estar dos horas fuera de su hogar era algo común para y en ella, pero su padre, que era anciano y débil, seguía temiendo cada vez que su hija salía sin avisar y sin guardias que la protegieran de cualquier tipo de riesgo.

Camina con lentitud, con paz, el peligro ya pasó, los cazadores buscarán otro pobre animal para matar y obtener dinero con su piel. Ella ya está cansada y —desgraciadamente— acostumbrada a ello. Por suerte ha aprendido a escapar de todos ellos. Sí, no era la primera vez que la perseguían con lanzas.

—Voy a tener problemas—piensa internamente al llegar a su aldea. Camina entre las personas, ellos la miran y le sonríen, no le hablan porque siendo lo que es, creen que no entiende. Pero se equivocan, siempre lo hicieron, ella entiende cada cosa que las personas dicen. Sigue viva y protegida porque su padre es el Mayor en la tribu, de lo contrario hubiera corrido la misma suerte que sus amigos, los que eran como ella. Terminaron convertidos en sacos para damas en una tienda de California. 

—Ameli—dice él al verla entrar lenta y tímidamente en la choza. Ella camina hacia él, con la cabeza gacha y arrastrando sus cuatro patas, con la cola metida entre éstas.

—Lo siento— aúlla ella, su padre sonríe negando. Revisa de que no haya nadie cerca vigilándolos y le asiente. De un momento a otro, aquella loba es convertida en una joven de piel pálida, ojos azules como el cielo y cabello ondulado y anaranjado. Está desnuda, pero eso no es algún problema para su padre, después de todo es él quién la crió.

—Vístete, no debes enfermarte—ella toma aquel tapado de piel de búfalo y se lo pone sobre sus hombros. Se acerca a la fogata que hay dentro de su gran choza y se sienta, sintiendo el calor, abrigándola por completo. Es reconfortante, lo sabe. Lástima que no todo el pueblo pueda sentir lo mismo—. ¿Qué tienes en tu cuello?—le pregunta él luego de observarla fijamente durante varios minutos sin que ella se dé cuenta. 
Ameli se tapa el cuello con su mano por inercia, no recuerda qué le pasó pero al tocarlo le duele. Su padre se pone de pie y se acerca levemente. Ella se levanta del suelo también, no quiere que su anciano padre se ponga en cuclillas porque no puede. 

—Déjame verte—le pide. Ella no dice nada, es de pocas palabras, siempre lo ha sido. El anciano de cabellos largos y canosos le destapa el cuello y ve con asombro la herida en él—. Fuiste a las montañas—le dice sin dudarlo. Ameli no dice nada, no hace falta negarlo. Es la verdad—. ¿Cuántas veces tengo que repetir lo mismo, hija?—dice él, cansado. Toma un recipiente de arcilla y lo llena de agua, calentándola por unos segundos en el fuego. La saca y la deja en el suelo, tomando un pedazo de trapo y sumergiéndolo. Lo estruja para que no choree agua y lo pasa sobre el cuello de su hija, limpiando el pequeño rastro de sangre seca. Ameli no se mueve, sólo se queda mirando el fuego fijamente, sin siquiera pestañar. Se pregunta cuándo podrá salir a la aldea sin necesidad de estar disfrazada de alguien que no es. 
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—Debes llevar esto a Muhúmi—le pide su padre. Ella se levanta del suelo, estira sus patas y se transforma en humana de nuevo. Son pocas las veces que es así, una persona, es su naturaleza y nunca le importó cambiarla. No lo necesitaba, era muy feliz así, siendo mitad lobo y mitad humano. Es algo extraño, por eso mismo no podía salir a ciertas horas del día. Tenía un horario para salir como humana y otro para salir como lo que realmente era, un lobo. 

Se coloca sus vestimentas de piel, en el bosque hacía muchísimo frío, estaba cruzando pleno invierno y a estas alturas varias personas en su aldea habían fallecido debido a que no tenían los recursos necesarios para sobrevivir. 

Toma el paquete que le entrega su padre, está envuelto en cuero marrón, no sabe de qué animal es, pero es suave y bonito. Tiene un cordel para que no se abra y un papel envuelto en varias partes, justo debajo de donde se cruza el cordel para que no se salga.

—Ten cuidado—le dice su padre antes de salir de su choza. Camina por entre la gente como siempre, fingiendo ser la mujer del Mayor cuando en realidad es su hija. Era el precio que tenía que pagar por no haber cumplido las reglas en su momento.
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Ha desobedecido, sabe que está mal pero no puede evitarlo, es parte de su naturaleza, siente que lo que hace está cincuenta por ciento bien y el resto mal, o sea la mitad de cada uno. Ya luego podrá pedir disculpas, por el momento lo único que debe hacer es liberarse, sentirse libre. Ser libre.

Corre por las praderas repletas de nieve, se resbala en un lago congelado y se golpea varias veces contra una madriguera de algún bicho que no quiere salir. Por lo visto le ha tapado la entrada, teme que no puedan salir luego, pero luego recuerda que salen en la primavera y para ese entonces la nieve se habrá derretido. Se tranquiliza y vuelve a lo suyo.

—¡Allá! ¡Allá está el animal!—alza sus orejas al oír unos gritos, son hombres. Busca con la mirada de dónde provienen las voces pero no los ve, están escondidos en alguna parte. Se angustia, está en una pradera, no puede esconderse en ninguna parte porque simplemente no tiene nada. Un árbol, un tronco, una roca, no hay nada. 

Opta por correr.

Pero la alcanzan. Le disparan. Cae. La alzan en brazos. La dejan caer pesadamente sobre algo duro, se dá cuenta que es un automóvil cuando lo nota arrancar. Ellos creen que está muerta, hablan de la cantidad de dinero que alguien les dará por entregárselas. Piensa en su padre. 

Tiene que salir de ahí.
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—¡Ameli!—su padre la busca desesperado, no sabe a quién recurrir. No la encuentra, espera en su choza, cree y está seguro que en cualquier momento ella aparecerá por la entrada. Pasan las horas, ella no lo hace. Llega la noche, se da cuenta de que algo malo ha pasado. Se angustia a tal punto de que su corazón no da más y se detiene. Logran encontrarlo antes de que muera, lo rehabilitan y lo dejan descansar. Pero no podrá hacerlo hasta que su hija esté consigo, a su lado, durmiendo echa un bollito en la esquina de su choza, acurrucada y abrigada por su propio pelaje. 

Teme que los cazadores le hayan hecho algo malo.
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Despierta, tiene la visión borrosa. Siente que ya no se está moviendo, quiere mover sus patas pero no puede. Alza su cabeza, está amarrada al suelo con sogas. Intenta aullar, tampoco puede, tiene un bozal en su hocico. Al parecer ellos se han dado cuenta de que sigue viva. Se desespera al ver que es de noche, su padre es lo primero que se le viene a la mente. Se desespera y se mueve frenéticamente, lo único que consigue es hacer ruido y que los hombres entren al ático en donde ella se encuentra. La desatan pero en su lugar y sin quitarle el bozal, le colocan un collar y una correa de perro. La jalan con fuerza hacia afuera y la guian hacia un cabaña, completamente iluminada y viva. Se pregunta internamente qué hace ahí y para qué la quieren. 

Aún no quiere morir. No con dieciséis años.

La entran a la cabaña casi a rastras y lo primero que ve, es a otro hombre parado de pie frente a una chimenea, está de espaldas a la puerta así que no puede ver su rostro. 

—Jefe, aquí está. Es hembra—dice uno de ellos y aquel hombre voltea. Ameli se asombra de sus facciones y de sí en realidad. Es extraño. Tiene una bolita bajo el labio que brilla con ayuda de la luz y un pañuelo en la cabeza. ¿Que eso no se usa para calentarse el cuello? 

—¿Hembra?—dice él, confundido. El otro asiente y se acerca, extendiéndole la correa para que el "Jefe" la tomara. Una vez en sus manos y al ver que su agarre es débil, divisa un par de escaleras y cree que es su única salvación. Vuelve a mirar al hombre, quizá sea el Mayor de ese lugar. Nota que está distraído y hecha a correr hacia las escaleras, subiéndolas con rapidez. Ni bien lo hace, escucha a los tres hombres correr detrás mientras gritaban. Se asusta. 

Ve una puerta entreabierta y no duda en entrar; mala idea.

—Oh...—la cara de aquel joven parece asustada al mirarla entrar. Se corre del buró que revisaba y camina hacia atrás con lentitud—. Lindo perrito...no me hagas nada...—murmura con la voz temblándole. Ameli está confundida, ¿por qué habría de hacerle daño? Esa no es su intención. 

Nota que hay una ventana y ésta está abierta, sólo un poco, pero lo está. La puerta se abre detrás de ella y hace lo primero que se le cruza por su mente: salta. 

—¡No, Bill!—grita el Jefe creyendo que la bestia se le abalanzaría a su hermano. Pero no lo hace. Atraviesa la ventana y afuera se escucha un golpe seco. El menor, aún asustado y confundido, se acerca al marco y se apoya en él, mirando hacia abajo.

—Ay, no...—susurra con preocupación y sin hacerle caso a su hermano, toma su abrigo y se lo pone mientras baja las escaleras rápidamente. Abre la puerta y voltea la casa hasta llegar a la loba. Se arrodilla a su lado y la mira de cerca, tiene sus ojos abiertos pero no se mueve. Aúlla de dolor, ¿llora? 

Bill se atreve a poner una mano sobre su cabeza para acariciarla e intentar tranquilizarla. Al principio ella gruñe, tiene miedo de que aquel muchacho le haga daño. Pero al ver que esas no son sus intenciones, se deja—. ¡Tom, no la dejes morir! ¡Ven, ayúdame!—casi le roga a su hermano mayor. Éste mira a sus colegas, le tiene un profundo odio a aquellos animales, ellos fueron quienes los dejaron sin padres unos años antes. Aunque no precisamente tendría que ser ésta loba así. Baja con su hermano y lo ayuda a entrarla a la casa de nuevo. La dejan al lado de la chimenea y le quitan la correa y el collar, pero optan por dejarle el bozal un tiempo más. Ambos tiene miedo de que pueda reaccionar mal.

Bill le roga a Gustav, que es veterinario, para que la cure. Después de casi arrodillarse, llorar y besar sus pies, él accede. 

—Tiene una pata rota—es todo lo que él dice y le coloca un "yeso" improvisado para que no la mueva y se cure más rápido—. ¿Qué harán con ella?—les pregunta el rubio a los hermanos. Ninguno de los dos sabe qué hacer.

—Por el momento se quedará aquí—dice Tom—, hasta que se cure y pueda irse—Bill sonríe con amabilidad, al parecer su hermano le perdonará la vida ésta vez a una criatura inocente.
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Han pasado dos semanas y ese día por la mañana, Bill decide quitarle el bozal definitivamente a su "mascota". Sólo lo habían echo para darle de comer, ya que no querían arriesgarse, pero la loba parecía haberse acostumbrado bien a estar con ellos y él creía que no le haría daño alguno. 

—Tranquila, shh, tranquilita...—murmura Bill, arodillado a su lado. Se lo quita despacio, no quiere ser brusco para que ella no se asuste. Al finalizar, lo deja sobre el sofá y ella bosteza, largando un leve chillido
—. Hahaha, qué bonita eres—le toca la cabeza y ella cierra los ojos sintiendo las caricias, Bill era bueno con ella, Ameli se sentía bien a su lado. Aunque no podía esperar a que su pata se curara para volver con su padre. Le dolía un poco aún, pero al menos podía mantenerse en pie y caminar, despacio, pero podía.
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Una semana más.

Gustav ha pasado por la cabaña de los hermanos para quitarle el yeso a la "mascota de Bill". Él está encaprichado con que quiere quedársela, pero Tom se niega rotundamente. Ameli también, sólo que ella no lo manifiesta, ya llegará el momento perfecto para escapar. Lo siente por Bill, él ha sido muy, muy bueno. Pero debe regresar con su padre, sólo para saber si está bien. De vez en cuando podrá volver a la cabaña para visitarlo, siempre y cuando se aprenda el camino de ida y de regreso.

—Su pata se curó por completo—dice Gustav a los hermanos—. Cuando quieran, pueden dejarla sola y ella volverá con su familia—Ameli oye todo desde la sala de estar, recostada (como casi siempre) frente a la chimenea. Sabe que el hermano más grande, el "Jefe" o como Bill le decía, "Tom", no esperará ni un minuto más y la sacará afuera. O al menos eso espera.

Gustav se va enseguida. Tom y Bill vuelven al comedor y se sientan en el sofá, detrás de Ameli. Comienzan a hablar y luego discuten, ella oye todo. ‹‹Qué ilusos›› piensa, ‹‹creen que no entiendo nada››. 

—Bill, debemos deshacernos de ella. Lo sabes, ese fue el trato—repite Tom, agoviado por el comportamiento infatil de su hermano para con la loba. Es ridículo, ¿quedársela como mascota? Imposible por más que ambos lo quieran (cosa que no es así), es un animal salvaje, no merece estar encerrado de por vida. Además, en un mes ellos volverán a la ciudad. Van a esa cabaña a vacacionar y despejar un poco sus mentes, el trabajo los agovia. 

—Pero Tom...—él negó.

—Pero Tom, nada—dice muy firme—. Abriré la puerta, si se va, no pienses detenerla—Bill baja la cabeza y asiente. El mayor se pone de pie y camina hacia la puerta, abriéndola. 

En cuanto Ameli oye el ruido de las bisagras moverse, alza las orejas. Bill la mira, siente tristeza, le ha tomado mucho cariño, él creía que formaría parte de su pequeña y rota familia. Al parecer se equivoca de nuevo. 

Ni bien Tom se aleja de la puerta, Ameli se pone de pie, se sacude y camina despacio hacia ella, no le tiene demasiada confianza al hermano de Bill. 

El pelinegro se da cuenta de algo; Tom le ha perdonado la vida a éste animal, pero no hará lo mismo con el siguiente. Asique se pone de pie y camina hasta su "mascota", acariciándole la cabeza. Se saca su collar de cruz y se lo coloca en el cuello, Ameli se queda quieta para el asombro de Tom. No la ha visto comportarse así nunca, no hace eso cuando él estaba presente.

—Espero que no se le pierda, es para reconocerla y que no vuelvas a querer matarla—dice Bill, algo apagado según su tono de voz. Tom asiente, es lo mejor. Tampoco quiere capturarla, se nota que su hermano quiere a esa lobita.

—Anda, vete...—dice Tom. Ameli escucha, mira por última vez a Bill y sale corriendo, metiéndose en el bosque y desapareciendo enseguida detrás de los árboles. Bill mira a Tom con algo de decepción, pero en parte entiende su elección—. No puedes obligar nada a nadie, Bill—le dice el mayor, tratando de que su hermano comprenda. Y lo hace. Sólo asiente, sube las escaleras y se encierra en su habitación. Sabe que ella pronto volverá, lo sabe y está seguro de que así será.
*
*
*
Ameli llega a su aldea y se asombra al ver que nada es como antes. Su pueblo...su hogar no está. En donde se hallaban las chozas de la gente y en general toda su cultura, ahora haby únicamente un gran terreno desprovisto de cualquier ser vivo. Hay huellas en la nieve, se han movido, se han ido a otra parte y no la han esperado. 

La han abandonado. 

Quiso convertirse y llorar, mas sólo se recuesta en la fría nieve y se hace un bollito, tratando de encontrar calor con su propio pelaje. Qué cruel e injusta suele ser la vida, aunque siente que todo eso ha sido sólo su culpa. Si no se habría escapado no la habrían capturado, si no habría intentado escapar por la ventana no se habría quebrado una pata y habría vuelto antes, justo a tiempo para ir con ellos.

Aúlla, no sabe qué puede conseguir con eso, sólo lo hace. Siente un vacío en su interior, ¿cómo pudo pasar? Una y otra vez se pregunta lo mismo, pero no logra obtener una respuesta de sí misma. 

‹‹Cosas que pasan...››piensa con nostalgia y se pone de pie. Irá con los hermanos, no sabe cómo reaccionarán ellos, pero si convertirse frente a sus ojos es lo que la salvará, pues entonces lo hará. Será la primera vez que va a hacerlo frente a una persona —dos, mejor dicho—que no es su padre. Espera que ellos lo tomen bien y la ayuden. 

Corre entre los árboles para buscar la cabaña, está desorientada. No recuerda bien el camino pero luego de dar vueltas por todas partes, y antes de que la noche se haga presente, la encuentra. 

Sube los escalones y rasguña la puerta con sus patas, lo único que espera es que quien abra sea Bill. No la escuchan, quizá estén en la planta de arriba. Baja y va hacia donde se encuentra la ventana de Bill, mira hacia arriba pero se lamenta al ver que está cerrada y tiene las cortinas corridas. La persiana no está, así que probablemente pueda oírla. 

Aúlla. 

Después de unos minutos aullando con desesperación, ve con alegría que las luces del cuarto del pelinegro se encienden, alumbrando apenas un poco. Las cortinas son corridas y la ventana se abre. Aún no se asoma nadie, aún no...ahí sí. 

Bill mira con el seño fruncido a la que fue su mascota por unos días. Sonríe ampliamente y silva, llamando la atención. Ameli alza las orejas y mueve la cola, está feliz. 

—¡Quédate ahí, ahora bajo!—le grita Bill como si ella entendiera, él sabe que se quedará ahí pero no sabe que Ameli realmente entiende cada cosa que dice. ¿Cómo no? Después de todo es humana también, en parte, pero lo es. 

Bill baja las escaleras corriendo como si dependiera eso su vida. Al llegar a la sala de estar, Tom lo mira con el entrecejo fruncido.

—¿A dónde vas?—le pregunta él, es algo tarde como para salir a caminar. Usualmente Bill solía hacerlo, pero más temprano—. Bill.

—Está aquí, Tom, la loba volvió—comenta con emoción y camina a paso ligero hacia la puerta. El mayor se pone de pie, ¿cómo es eso posible?

—¿Cómo sabes que es ella? ¿Tiene tu collar?—Bill se encoge de hombros, seguro que sí lo tiene. No hacía ni tres horas que se había ido de su cabaña, tiene que tenerlo. Además es la misma, no hay ni una variación en su pelaje ni en la forma de aullar. 

Abre la puerta y vuelve a silbar  en pocos minutos ella aparece por el costado de la casa y se acerca con timidez, mirando al suelo y con la cola entre las patas.

—Oh, bonita, ven aquí—Bill palmea sus piernas y ella alza su cabeza y luego las orejas. Su cola se mueve otra vez de un lado hacia otro, Tom no puede creer lo que ve—. ¿Ves, Tom? Es ella—le dice a su hermano, mostrándole el collar en su cuello, perdido entre su pelaje.

—¿Y por qué volvió?—Bill se encoge de hombros otra vez, no lo sabe pero no le interesa, su mascota ha vuelto y si lo hizo es porque seguramente también le tomó cariño. Sonríe ampliamente sin darse cuenta y se aparta para hacerla pasar—. ¿Qué? No, Bill, aquí no entrará—dice su hermano firmemente. El menor hace un puchero, también es su cabaña y si él quiere, la va a entrar.

—También vivo aquí, además pronto comenzará a nevar. Apártate—le da un leve empujón y le silva a la loba para que pase.

Ameli se siente tibia, recostada frente a la chimenea otra vez con Bill al lado suyo, sentado con las piernas cruzadas. Tom ha subido a su cuarto hace pocos minutos, al parecer no le agrada que esté ella ahí pero no le importa. 

—¿Qué te hizo volver, eh?—murmura el pelinegro, acariciándole las orejas. Ameli cierra los ojos al sentir su mano, es placentero y acogedor. Su padre solía hacer lo mismo. Se pregunta a dónde estará él. Espera que esté bien, es común que se fueran a otra parte, los alimentos comenzaban a escasear. No interesa, ya se las arreglará ella sola si los hermanos no pueden ayudarla.

Quiere ponerse de pie para pasar a humana, necesita explicarle todo a Bill con urgencia, pero algo la hace detenerse. Mira de reojo al menor, él está atento a las llamas de la chimenea que bailan por la suave y fría brisa que entra por algún recoveco en la pared. Decide esperar hasta mañana, hoy pasará la noche con ellos.
*
*
*
Despierta al oír unos pasos bajar las escaleras. Alza su cabeza y mira hacia esa dirección, Bill sonríe levemente al mirarla, no ha querido irse, ha estado toda la noche echada ahí y al parecer no tiene intenciones de regresar con su familia. Bill se da cuenta de algo y se preguna si ella realmente tendrá familia. 

—¿Cómo dormiste?—le pregunta él. De vez en cuando se da cuenta lo ridículo y absurdo que se ve a él mismo cuando le habla a la loba, sabe de más que ella no va a responderle.

Ameli mueve la cola en forma de respuesta, ha dormido bien, caliente y cómoda sobre la alfombra. Tiene que salir un momento afuera, es el momento perfecto para transformarse y volver a entrar. Explicarle todo a Bill y pedir ayuda. Está segura que él hará algo.

Se pone de pie y rasguña la puerta, Bill entiende que quizá ella quiere hacer sus necesidades y la deja salir. 
Ameli camina hacia el bosque, hay un problema. No sabe qué se pondrá, no puede tocar la puerta desnuda como suele aparecer luego de pasar a humana. Mira hacia todas partes y camina hacia la parte trasera de la casa, encuentra un ténder y saca una polera grande con sus dientes. Se esconde para que ninguno de los dos pueda verla en caso de que estén espiándola y se convierte. 

Un escalofrío le recorre la columna al sentir una ventisca golpear contra su cuerpo desnudo. Rápidamente se coloca la prenda, le llega hasta debajo del trasero. Toma los bordes con sus manos y los estira más abajo, no quiere que se le vea nada frente a Bill.

Camina con los pies descalzos sobre la nieve, hace demasiado frío y ahora más que nunca lo siente bien. Ha estado como humana únicamente en la choza de su padre, es la primera vez que está así en un lugar abierto, en el exterior.

Sube las escaleras y suspira profundamente. Toca la puerta con los nudillos y espera. Se abre, Bill frunce el seño al ver a la pálida muchacha de ojos azules y cabello anaranjado. 

—Dios...—susurra, ¿no tiene frío?—. Ven, pasa, pasa—le dice apartándose y ella entra tímidamente. Se siente otra como humana, no es la misma por fuera pero sí lo es por dentro—. ¿Quién eres?—le dice, está confundido. Mira la polera, es de su hermano. ¿Ha andado desnuda? ¿Y de dónde salió? Por estos lados no hay pueblos ni ciudades, la más cerca queda a kilómetros de ahí.

—Bill...—murmura y él la mira a los ojos, ¿acaso ha dicho su nombre? Sus ojos...ha visto esos ojos en otro lado. 

—¿Cómo te llamas?—pregunta para cambiar de tema. Cree que lo más probable es que se haya equivocado y no es su nombre el que dijo. Quizá sólo lo había pensado o imaginado y ya.

—Ameli—dice mirando al suelo. Bill la mira otra vez, su cuerpo pálido y delgado, sus cabellos largos y anaranjados, parece una muñeca de porcelana. La toma de la mano y la acerca hasta el sofá. Él se sienta y ella lo imita, Bill aún no entiende nada. ¿Cómo puede andar desnuda así como así cuando afuera hay bajo cero? 

—Bonito nombre—responde después de unos minutos—. Y...—ella lo mira—, ¿qué haces por aquí?

—Bill, soy yo—ahora sí, está completamente seguro de que ha dicho su nombre. Frunce el entrecejo, no la reconoce. No sabe quién puede ser—. Tu mascota—dice ella mirándolo a los ojos. Bill se pone de pie por inercia, ¿qué cosas dice?

—¿Qué?—empieza a creer que tanto frío lo está volviendo loco. Su mascota era una loba, no una persona. ¡Una persona!

—Bill, soy la loba. Mírame—él la mira a los ojos, los mismos que la loba, pero no puede ser ella. Quizá es coincidencia, en Alemania los ojos azules son bastante comunes. 

—No, tú no eres la loba. ¡Eres una persona! ¿No te ves?—le dice él, nervioso y asustado. Ella luce tranquila y miedosa, pero se controla.

—Cierra los ojos—le pide ella. Bill lo hace, no sabe por qué, pero lo hace. Escucha un gruñido, los abre asustado y por la sorpresa cae sentado en el suelo. Ahí está la loba, quieta, paciente. Se acerca a él a tal punto que su hocico roza su mejilla, Bill está temblando. Ella emite un sonido, como cuando los perros lloran.

—¿Eres tú?—pregunta inconscientemente. Ella mueve las orejas, Bill no puede creerlo. Escucha pasos, mira hacia la escalera y su hermano va bajando.

—Buenos días—saluda pero Bill no le responde, simplemente no puede articular palabra. Está mudo, siente un nudo en su garganta pero no de esos que te indican que llorarás, sino otro. No sabe cuál con exactitud. 






Clear eyes — Capítulo 2.


Toqué dos veces en la gran puerta de madera de la entrada, hasta que finalmente un chico de aproximadamente veinticinco años de edad, abrió. Tenía unas trenzas bastante extrañas y peculiares y vestía normalmente; como un chico de su edad. Jeans no muy holgados, y la sudadera igual.

—Buenos días, soy la oficial de Policía María Coldman—Me presenté y estiré la mano, que al tiro la cogió correspondiendo educadamente al saludo.

—Thomas Kaulitz, pero dime Tom—Asentí y me dio paso a su casa. Era bonita, y al parecer vivía solo. La casa estaba desierta de ruidos o suciedad. Todo lo contrario de cómo debería ser el hogar de un solterón—.Toma asiento, vuelvo enseguida—Avisó, y me senté en unos de los sillones individuales blancos, que adornaban y ocupaban espacio en el recibidor, o sala de estar. Es lo mismo.

Mientras esperaba que él regresara, me dediqué a mirar su casa con detenimiento. Cuadros con personas de las cuales ninguna me parecía conocida, sólo su cara. Pinturas pequeñas, o algún que otro diploma de secundario, o quizás alguna carrera que él haya estudiado y ahora ejerce. No lo sé.

Al cabo de cinco minutos aproximadamente, él apareció nuevamente. Se sentó en el sillón frente a mí, y lo primero que vio fue las carpetas que sostenía en mis manos.

— ¿Qué es lo que sabes?—Le pregunté sin darle muchas vueltas al asunto; tenía otras cosas más importantes que hacer en la comisaría.

—No es lo que sé, es lo que creo que sé—Su respuesta me confundió demasiado— ¿Víctimas?—Señaló la carpeta con su índice. Asentí y se la pasé. La abrió, y fue mirando una por una las fotos, con sus correspondientes expedientes y detalles. Torció la boca luego de mirarlas todas, y me las devolvió.

— ¿Sabes algo?—Repetí, y me miró fijamente a los ojos.

—Hace más de cinco años que perdí el rastro de mi hermano. Nadie sabe dónde está, nadie lo vio marcharse—Justamente le iba a preguntar a qué venía este tema conmigo, pero pareció leerme la mente—. Siempre fue un obsesionado con los ojos claros. Él los encontraba encantadores y sumamente atractivos. Al día siguiente de decirme eso, desapareció—Fruncí el seño—. Sospecho de él ¿sabes?—Dijo frotándose las manos una contra la otra, con nervios.

—Dime sus datos completos—Saqué una libreta y un bolígrafo, esperando que me comenzara a decir sus datos.

—William Kaulitz Trumper, primero de Septiembre de 1989, actualmente tiene veintidós años…—Escribí rápidamente lo primero que me dictó. Seguido de eso me pasó el lugar de nacimiento, su número de DNI, y demás datos importantes.

—Intentaremos rastrearlos. Los aparatos modernos de hoy pueden con todo. A menos que se haya cambiado sus datos originales, daremos con él. Ahora dime, Thomas—cambié de tema, quería saber bien.

—Tom—corrigió él rápidamente.

—Lo siento, Tom—corregí—. Dime, ¿Por qué es que sospechas de tu hermano? Exceptuando su obsesión por los ojos claros, ¿por qué crees que podría llegar a ser él?—Pensó unos minutos.

—Un año antes de que desapareciera por completo de mi vida —explicó—actuaba raro conmigo, como queriendo distanciarse completamente. Llegó a tal punto de no mirarme en las cenas familiares, ni en ningún otro momento. Era extraño, y lo hizo hasta que al fin dejó de verme. Sólo se fue.

Tomé nota de todo lo que él me decía, quizás podría servir de algo, como quizás no. Continuó explicándome más a fondo acerca de eso, y finalmente dijo algo que me interesó, sólo un poco.

— ¿Vivía contigo, o en una casa individual?—Pregunté, para sacarme mis dudas.

—Vivía solo, con su perro Scotty. También se lo llevó con él. La casa hasta el día de hoy sigue abandonada, y lo más extraño es que sus cosas siguen tal y como él las dejó. Aparentemente sólo se llevó al perro y sus cosas más personales. No lo sé, sigo diciendo que es extraño—Se encogió de hombros.

Su actitud parecía relajada y…muy sospechosa.

jueves, 14 de febrero de 2013

Clear eyes — Capítulo 1.


Como todos los días de los últimos tres años, me desperté muy temprano. ¿Cuestión? Trabajo. Viré a ver el reloj de la mesita de noche y de hora estaba bien; aún tenía tiempo.

—Cinco y media de la mañana. Menuda hora para levantarse—Murmuré poniéndome de pie y de paso, calzándome las pantuflas de conejitos que no-recuerdo-quién, me había obsequiado por mi cumpleaños número diecinueve. Han pasado dos años y todavía están intactas, suerte que no me ha crecido el pie. Dudo que a esta altura lo haga.

Con demasiada parsimonia para tratarse de mí —que me conocen prácticamente por ser demasiado hiperactiva e inquieta—, caminé hacia la cocina y Almendra me saludó con un agudo ladrido. Sonreí y me acuclillé para acariciarle su pequeña cabecita peluda. Me puse de pie de nuevo y cuando lo hice las rodillas me sonaron horriblemente—Auch, eso dolió—, me estiré de brazos, bostezando de paso y arrastrando las pantuflas contra el suelo, me preparé un café negro bien cargado—. Para que el sueño desaparezca—. Pensé y me lo bebí despacio, sin quemarme mientras observaba las noticias por el Tv.

Se ha encontrado una nueva víctima en el viejo almacén abandonado, situado afuera de la ciudad. 
Esta vez se trataría de Carolina Josue, una joven de veintidós años, que llevaba desaparecida desde hace más de dos meses. 
La Policía de Los Ángeles está involucrada en este caso, en el cual también hay seis desaparecidas más. 
Ampliaremos.

Apagué el televisor y prácticamente corrí hacia el baño luego de dejar la taza encima de la mesada. Me quité el camisón de encima y me metí en la ducha. Salí, me sequé bien el cabello y el cuerpo y caminé nuevamente hacia mi cuarto. Entre la ropa del trabajo —que no había un uniforme fijo, pero más o menos sabía lo que debía llevar—me coloqué un pantalón negro de vestir, una camisa blanca, y un saco negro corto hasta la cintura. Era temprano aún por la mañana, así que me coloqué en el cuello un pañuelo blanco, con un moño hacia un lado, y escondí las puntas en el saco. Me coloqué dos horquillas para que el flequillo no se me cayera continuamente encima de la cara, y finalmente me coloqué los tacones negros que estaba más que acostumbrada a usar.

Tomé el bolso negro, con todas mis pertenencias y luego de tomar las llaves, el móvil, y dejar a Almendra con la vecina —que era la encargada de cuidarlo casi todas las tardes, sólo por voluntad, y quién me la había obsequiado—subí a mi coche, y conduje hasta la comisaría, donde pasaba la mayor parte del día, si no estaba en la sala, donde se hacían las autopsias.

Llegué y lo primero que vi fue la cara de preocupación de John, mi jefe.

— ¿Ha sucedido algo malo?—Pregunté debido a su cara. Negó, pero al segundo se arrepintió y asintió—. Dime—ordené.

—Nueva víctima—Torcí la boca, no era nada nuevo hasta ahora—. Ojos claros, María. Cada vez es más preocupante para todas las personas con esos rasgos. El secuestrador parece ser un obsesionado con ese detalle de color. Ya no sabemos dónde buscar—suspiró agotado. Él estaba muy metido a fondo en este caso, y le preocupaba por sobre todo.

—Nada malo me sucederá, John. A Dominique tampoco, ya lo verás—Le recordé, ya que su preocupación era ese. Tanto mi compañera Dominique, cómo yo, teníamos ojos claros, y John temía que alguna de nosotras dos fuéramos las próximas posibles víctimas.

—María, tú no sabes. Las otras diez chicas creían lo mismo que tú; una de ellas era jefa de policía, y mira a donde está ahora ¡En la morgue!—Gritó irritado. Ese detalle no lo sabía.

Iba a acotar algo, pero opté por quedarme en silencio. Sabía que cuando John se ponía así, era mejor dejar que la situación se enfriase un poco. Además, él tenía ya casi sus cincuenta años, y aunque aún no se lo consideraba “viejo”, podría tener un infarto o algo de eso si se lo contradecía demasiado.

Caminé en silencio hacia su oficina, tenía su permiso para ir allí cada vez que quisiera o pudiese. En este caso, algo me llamó a ir allí.

Entré, me senté en la silla de su escritorio, y abrí una carpeta al azar de una de las víctimas. Dio la casualidad que esa víctima era Carolina Josue, la joven que encontraron hoy en la mañana. Abrí el archivo, y leí en voz baja los expedientes y detalles.

— ¿Por qué no me sorprende ya?—Pregunté susurrando, mientras cerraba la carpeta nuevamente, y la guardaba donde las otras. No sé si fue un milagro, coincidencia o algo, pero el teléfono sonó.

No iba a esperar que la encargada de eso lo hiciera. La curiosidad me mató, y finalmente me levanté de mi lugar al mismo tiempo que John entraba en la oficina. Le gané de mano y cogí el tubo, llevándomelo directamente hacia mi oreja.

—Policía de Los Ángeles, María Coldman al teléfono—hablé rápidamente, y del otro lado se escuchó un suspiro de alivio. O al menos, eso fue lo que yo interpreté.

—Hm…—parecía dudar de hablar—. Mi nombre es Thomas Kaulitz Trümper, y tengo información que quizás le pueda ayudar—dijo, y parecía nervioso según su tono de voz.

—Dígame su dirección, y en quince minutos estaré en su domicilio—tomé una hoja de papel y un bolígrafo.

—Mitre al 5253—Escribí rápidamente, y guardé el papel en el bolsillo de mi saco.

—Voy en camino—Avisé, y colgué.

— ¿Quién era?—Preguntó John, desde el marco de la puerta, mirando con curiosidad.

—Tienen información sobre el caso. Quizás pueda servirnos, iré a investigar—Iba a salir por la
puerta, pero John me detuvo colocando su mano en mi hombro.

—Cuídate, María—Asentí, y salí rápidamente de la comisaría, subiéndome a mi coche de un salto, o algo así.

Busqué el domicilio entre el barrio privado hacia donde me había llevado la calle, y finalmente entre todas esas casas exactamente iguales —de no ser por el color diferente de algunas—lo encontré.

Estacioné el coche y me bajé con mi bolso en la mano y unas cuantas carpetas de las víctimas en la otra. Quizás conocía a algunas chicas, así pudiera aportar más información para la investigación. Me daba la sensación de que este chico, Thomas, nos serviría de mucho.

Quizás sea cierto…

…o quizás sea mi imaginación.

Clear eyes


Autora: Antopee
Clasificación: +14
Advertencias: Lemon, violencia verbal, violencia física.
Género: Drama, Misterio, Real people.
Pareja principal: Tom - Original.


Resumen:
"—María —John llamó mi atención—, todas nuestras víctimas tenían ojos claros, y estaban entre los veinte y veinticinco años de edad. —Me miró con pena, y hasta creo, con preocupación. No entendí el motivo de esto, hasta que reaccioné.
Mierda…

…quisiera no tener ojos claros."




Clear eyes — Introducción.


Mi nombre es María Coldman, tengo veintiún años y soy investigadora en la Policía de Los Ángeles. Nací, viví y crecí la mayoría de mi vida, en Alemania, Hamburgo, específicamente. Pero a la edad de dieciocho años me mudé aquí, para comenzar lo que sería mi nueva vida a partir de ese momento. Librarse de los padres quizás sea bueno en un principio, pero luego te arrepientes de sobremanera.

Serán tres años los que estoy aquí, en pocos días.

Ocupo la mayoría del tiempo en mi trabajo; es lo único que más me interesa, hasta ahora. No tengo en qué otra cosa preocuparme, no tengo novio, ni hijos, parientes cercanos mucho menos. ¿Amigos? Compañeros del trabajo, diría yo.

¿Lo ven? Mi vida se basa en mi trabajo. Resumiendo: ayudar a personas a hacer justicia, yo por mi parte aporto la investigación. Descubrir quién fue el asesino depende de mí y otros tres de mis compañeros. No es muy bueno ver cadáveres, pero la costumbre ya está.

Gracias a Dios no elegí la parte de hacer autopsias y todo lo demás. Creo que moriría de un pre-infarto al ver…eso.

Vivo en un pequeño apartamento de dos habitaciones, baño, cocina-comedor y un pequeño balcón con vista hacia el centro de Los Ángeles. Es pequeño, pero muy cómodo y la vista es lo mejor. Realmente precioso.

¡Ah! Y casi lo olvido, vivo con mi mascota; una Beagle de cinco meses de edad. Es adorablemente tierna y destructora. La debo tener cortita, sino mi departamento quedará hecho trizas en pocos meses. Su nombre es Almendra, y la quiero con todo mí ser. Es mi única compañera de vida.

Pasando a mi trabajo —qué aquí, es lo que realmente importa—hace meses estamos investigando un caso sumamente… “especial”. En lo que pasaron los últimos tres meses, hay diez mujeres desaparecidas, y tres de ellas las encontraron muertas, en diferentes ocasiones, pero a todas se las ha encontrado en lugares cercanos entre ellos.

Pero lo más llamativo de todo esto, no son la cantidad de mujeres que desaparecen. Sino las características de éstas, y que en las tres que se le realizaron autopsias, salen las mismas marcas digitales que corresponden a una persona, pero que aún no logramos localizar. Las tres mujeres muertas, contando las otras siete que aún están desaparecidas, los familiares de todas ellas, nos han dicho sus características físicas. Delgadas, la mayoría cabello rubio, castaño claro, u oscuro. Ninguna tiene el cabello negro o pelirrojo, eso es aún más extraño.
El secuestrador y asesino de las víctimas es un obsesivo que elige a sus víctimas por el color de sus ojos.

Lo que mató nuestra sorpresa fue el siguiente detalle:

Todas tenían ojos claros.